¿Cuántas veces hemos escuchado la frase de «no te enfades tanto que te puede dar un infarto»? o incluso ¿en cuántos momentos nosotros mismos hemos reprimido el enfadarnos o el «discutir» por miedo a afectar a la salud de nuestro corazón? La agresividad es una faceta innata de los seres vivos, pues nos permite la posibilidad de conseguir sobrevivir ante una inmensidad de peligros que nos acechan desde que nacemos. Ahora bien, ¿es cierta la relación entre agresividad y riesgo de infarto?
La agresividad y nuestra naturaleza
El ser humano, como ser vivo que es, también nace con esa cualidad, esa capacidad, que no es más que
saber poner tus límites y defenderte en los momentos en los que es prioridad hacerlo. Sin embargo,
desde los inicios de la civilización, tanto la hostilidad como la sexualidad han sido reprimidas en las
sociedades, pues impedían la correcta convivencia en lo cotidiano y eran temas “terrenales” y “poco
civilizados”. Muchas veces a nivel cultural se ha podido incluso «camuflar» esa necesidad de controlar
los impulsos agresivos de la gente difundiendo la creencia cultural que avalaba una suerte de correlación
entre agresividad y riesgo de infarto.
Reprimir la agresividad
Pero claro, lo que ocurre es que somos seres emocionales además de racionales y habitamos una gran
diversidad de paisajes emocionales, entre los cuales se encuentra el enfado o agresividad y que bien
sabemos que nos viene de forma muchas veces imprevisible ante las circunstancias que nos rodean.
Como está «mal visto» entonces lo que nos han enseñado es a camuflarlo, a renegarlo, a reprimirlo… Sin
embargo, ya sabemos por experiencia que todo lo que se reprime se hace más grande y acaba saliendo
de una forma u otra. En este caso, la agresividad reprimida puede expresarse en el plano psicosocial en
forma de personas que se dejan manipular o personas altamente agresivas y violentas, mientras que en
el campo físico puede salir en forma de enfermedades.
Respuesta bioquímica
En nuestro caso, la hostilidad mal gestionada aumenta la respuesta del sistema nervioso simpático,
subiendo las pulsaciones, la presión arterial, alterando el metabolismo hidrocarbonado y lipídico y
promoviendo la inflamación vascular. Esto se puede traducir en infarto de miocardio, ictus o arritmias
malignas, incluso hasta un par de horas después de un ataque de ira. Altos niveles de hostilidad durante
la etapa juvenil se han traducido en un aumento de enfermedad cardiovascular a los 55 años.
Gestión de la agresividad
No se trata por tanto de expresar la rabia de cualquier manera ni en cualquier momento de nuestro día,
pues no todos los entornos son seguros a la hora de expresarnos. De lo que se trata es de saber cómo
cuándo, dónde y con quiénes podemos digerir y trasformar este enfado y esta rabia acumulada para que
nuestra salud no se vea perjudicada.
Si te preocupa tu grado de gestión de la rabia y el enfado, a través de diferentes técnicas en las sesiones
de coaching te puedo ayudar a que encuentres tu punto de equilibrio y así tu salud y tus relaciones se
vean favorecidas.
Circulation. 2021;143:e763–e783. DOI: 10.1161/CIR.0000000000000947


